Me he perdido.
He corrido tanto y durante tanto tiempo, que me he perdido.
Cuando he querido reponerme, no he sabido. Y cuando he querido quererme, no he podido. Queriendo ser valiente, me he convertido en una cobarde.
He tenido que ser drástica en mis decisiones. Radical en mis elecciones. Y he seguido corriendo, corriendo muy deprisa, para no estamparme de frente con mis cada uno de mis errores. Que han sido muchos.
Honestamente, cuando uno se equivoca tanto, al final aprende a saber que nunca se ha aprendido lo suficiente. O tal vez no. Todos estamos expuestos a tropezar con las mismas piedras tantas veces como queramos. Y sí, es como queramos, porque realmente es una elección. Siempre a toro pasado somos conscientes de que pudimos haber escogido otro camino y no lo hicimos. Serás un afortunado si encuentras razones con peso por la que escogiste ese camino y no otro cualquiera. La mayoría de las veces, serán escurridizas y sin valor.
Yo creo en los comienzos. En todos los ámbitos, los comienzos son buenos. Ilusionarte, vestirte con escudo y espada y salir a la calle a comerte el mundo. Ojalá pudiéramos vivir en un comienzo eterno.
Pero lo cierto es que sólo podemos vivir en el hoy. Y sólo cuando se es consciente de que el hoy es demasiado efímero, somos capaces de hacer cosas maravillosas, cambios extraordinarios y de ser fuertes. Sólo cuando se es consciente de que cada día que pasa es uno menos que te queda por vivir, somos capaces de dejar de correr y de tener la valentía de afrontar que ésta es la vida que hemos elegido vivir.
Y que si no te gusta, siempre estarás a tiempo de cambiarla.
Pero sólo puedes hacerlo tú.