sábado, 11 de junio de 2011

"La palabra precisa tal vez sea efectiva, pero ninguna palabra jamás ha sido tan efectiva como un silencio preciso" (Mark Twain)


Voy dando portazos bien fuertes, para que se me escuche, y cerrando las habitaciones en las que no quiero vivir. Me encanta como al final todo acaba volviéndose del revés, hasta lo que era estable, porque es lo único que termina dándonos una gran lección: que con certeza, nada estará ahí por siempre. Desde esa perspectiva, todo tiene que verse diferente. Aunque claro, siempre podemos caer en el error de echarle la culpa de todas las cosas incontrolables a factores externos sin ningún tipo de credibilidad, como por ejemplo, el destino. Sí, eso que nadie tiene bien cierto, pero al que siempre podemos atribuirle todo tipo de acontecimientos insatisfactorios. Pero a mi me parece cobarde. Muy, muy cobarde. Por eso no creo en el destino, sino en la verdad. Y la verdad es que hay cosas que sería imposible mantener porque carecen de sentido.
Siempre me he calificado de analfabeta en las despedidas, puesto que nunca he sabido maniobrar bien en ese tipo de actos, es mi asignatura pendiente. Al final, nunca he sabido qué decir ni cómo hacerlo. He ido dando bandazos de un lado para otro porque nunca me he creído lo suficientemente preparada como para decir “adiós”, pero debo de estar adquiriendo experiencia.
Veo diluir tu imagen, entremezclándola entre lo que nunca fuiste y lo que no eres, y hasta ayer me preguntaba quién eras en realidad. Hoy no me interesa. Porque al final lo único que merece la pena es llegar a conocerse a uno mismo, y puedo decirte uno a uno los motivos por los que esa silla cojeaba y sólo pocos de ellos fueron causados por ti. Y ahora, no guardo ningún rencor a nuestra historia y no le busco una palabra a nuestro error.
Hoy no me da pena decir adiós. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario