Al despertar seguía corriendo. Era un lastre vivir
así, obligándose a no recordar y aterrorizada por el olvido. Nunca paraba de
correr. Más planes, más trabajos, más noches de las que al día siguiente no se
recuerdan. Más de todo, pero ella siempre restaba. Un día menos, se decía. Y
esa era su filosofía. Y seguía corriendo. La vida le pasaba tan deprisa, que a
veces, tenía que pararse a pensar en lo acontecido. Si tras el análisis todo
era correcto, ella descansaba. Pero casi nunca lo era.
Recuerdo que un día la vi parada delante de un
espejo. “No me gusta lo que veo”, me dijo. Y fue la única vez que la escuché
reconocerse. Estaba tan hermosa… Las lágrimas resbalaban a toda prisa de su
rostro, y aún así, por primera vez, quería mirarse. Y quería empezar a andar y
dejar de correr por la vida. Por eso estaba hermosa. Era cristal. Un cristal
ligero que podía romperse con tan solo un roce. Endeble. Pero hermosa.
Fue la última vez que escuché hablar a su corazón.
Y la última vez que la vi. Pronto fue a buscar un disfraz de hierro y todo en
ella cambió.
Empezó una nueva vida, alejada de quién era, y
alejada de todo. Incluso de mi. Y cuentan que la vieron una noche de esas que
no se recuerdan, con más trabajos y más planes, buscando un espejo donde poder
mirarse… Y que cuando lo encontró, siguió corriendo.
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