Recuerdo las primeras lágrimas que derrocharon mis ojos por ti. A fuego grabaron un recorrido que se hartaron de repetir hasta la saciedad. Limpias, claras, débiles, inocentes… chivatas. Mientras tú te incorporabas, te revelaban conmigo en la cama lo mucho que me importabas.
Fue el comienzo de lunas eternas y largas madrugadas intentando entender por qué tú no estabas. Me gustaría confesarte que ahora lo entiendo, pero te juré no mentirte nunca más hace ya mucho tiempo, y debo decirte que continué con mi promesa. Pero te fallé en otras tantas. El tiempo pasa, las heridas cicatrizan, las personas maduran, la vida fluye. Te dije que algún día serías mío. Pobre idiota. Que yo te perteneciera no significaba que algún día fueras para mi. Te dije que te querría para siempre. Ingenua. No sabía que el río arrastra lejos lo que dos no protegen. A fin de cuentas eres el único que consiguió lo que quería. Luchaste porque no te amara, y no encuentro ya una sola señal que me indique que sigo haciéndolo. Lo lograste, enhorabuena. Una vez más se demuestra que en una guerra nunca hay vencedores sino vencidos.
Si algún día quiere la vida que se crucen nuestros caminos te sonreiré sincera esperando que el destino te haya tratado bien. Abrázame entonces y recordemos que hubo un día en que nos quisimos tanto y tan grande que fuimos inútilmente uno solo. Si es que acaso resbalan de mis ojos unas tímidas lágrimas al marchar, te desvelarán que mi corazón nunca olvidó el tiempo que fue secuestrado de manera consentida, ni cómo al volver le habías cambiado la vida.
Naiara
Naiara
No hay comentarios:
Publicar un comentario